El 19 de agosto se celebra el Día Mundial de la Fotografía, una fecha que recuerda el nacimiento oficial del daguerrotipo en 1839 y que hoy en día es la excusa perfecta para coger la cámara, o simplemente el móvil, y salir a mirar el mundo con más atención para inmortalizar el momento de la mejor manera. Y es que la fotografía no es solo técnica ni equipo, sino que también es saber detenerse delante de algo y decidir que merece ser guardado y cómo hacerlo.
En Slingo Casino te proponemos cinco destinos que son, en sí mismos, una razón para disparar el flash sin parar en tus próximas vacaciones o alguna escapada rápida.
Capadocia (Turquía)

Capadocia es uno de esos lugares que parecen salidos de una película y que, cuando los tienes delante, todavía cuestan de creer. Las chimeneas de hadas, los valles esculpidos por la erosión durante millones de años, las iglesias talladas en la roca y los pueblos encalados de Göreme o Ürgüp componen un escenario que funciona con cualquier tipo de luz.
Pero la foto que todo el mundo va a buscar es la del amanecer, con decenas de globos aerostáticos ascendiendo lentamente sobre el valle mientras el cielo pasa del gris al naranja. Es una imagen que se ha visto miles de veces y que aun así, cuando la haces tú desde el suelo o desde dentro de uno de esos globos, sigue teniendo algo muy especial. Capadocia es de esos destinos en los que la cámara no descansa en casi toda la experiencia.
Venecia (Italia)

Venecia tiene la particularidad de ser una ciudad que lleva siglos siendo fotografiada y que aun así sigue ofreciendo imágenes nuevas que no dejan de llamar la atención. El truco está en alejarse de los circuitos más vistos y perderse por las partes de la ciudad no tan populares como los Cannaregio o el Castello a primera hora de la mañana, cuando la luz rebota en el agua de los canales y las calles están casi vacías.
El reflejo de los palacios en el agua, los tendederos entre fachadas, los gatos asomados a los puentes, los gondoleros esperando clientes en la niebla de noviembre. Venecia es una ciudad que cambia completamente según la hora y la estación, y eso la convierte en un destino inagotable para cualquiera que disfrute de la fotografía urbana y cómo no, de las escenas más románticas.
Islandia

Islandia es uno de esos destinos que los fotógrafos tienen siempre presente, y cuando finalmente van, entienden por qué tenían que ir. El país entero parece diseñado para ser fotografiado, con géiseres que se transforman en columnas de vapor, cascadas que caen por acantilados de basalto negro, glaciares que llegan hasta el mar y playas de arena negra donde las olas rompen con mucha fuerza.
La luz es otro de sus grandes argumentos. En verano, el sol de medianoche baña el paisaje durante horas en una luz dorada y horizontal que los fotógrafos llaman la hora mágica, solo que en Islandia esa hora se alarga hasta convertirse en una noche entera. En invierno, cuando la oscuridad lo cubre casi todo, aparece la aurora boreal, con cortinas de verde y violeta moviéndose sobre los lagos helados y los campos de lava. Es un espectáculo que no tiene equivalente en ningún otro lugar del planeta y que, por mucho que se haya fotografiado, nunca sale igual dos veces. Además, verlo en persona lo hace todavía más especial.
Islas Azores (Portugal)

Las Islas Azores son uno de esos secretos que cada año van cogiendo más notoriedad. Este archipiélago situado en medio del Océano Atlántico tiene una fotografía que no se parece en nada a lo clásico de Europa, con una serie de lagos volcánicos de dos colores dentro de cráteres, acantilados negros de lava que caen directamente al océano y vacas pastando en praderas al lado del mar.
São Miguel es la isla más visitada y la que concentra los paisajes más reconocibles, como el lago de las Sete Cidades, pero cada isla del archipiélago tiene su propia peculiaridad. Es un destino para las que disfrutan de la fotografía de la naturaleza y quieren imágenes que no hayan sido vistas diez millones de veces en redes sociales. Un lugar menos conocido y muy sorprendente.
Kioto (Japón)

Kioto tiene algo que muy pocos destinos del mundo consiguen, y es la capacidad de hacer que cualquier momento parezca una composición fotográfica perfecta. Los templos con sus jardines de piedra y musgo, los torii naranjas del santuario de Fushimi Inari que se suceden uno tras otro hasta perderse en la montaña, los barrios tradicionales de Gion con sus casas de madera y sus faroles encendidos al caer la noche.
En primavera, los cerezos en flor añaden una capa más de belleza, pero Kioto funciona igual en otoño, con los arces japoneses tiñendo de rojo y amarillo los jardines de los templos. Es un destino que, eso sí, requiere levantarse pronto para aprovechar la luz y el silencio antes de que aparezca la actividad diaria, pero que recompensa ese esfuerzo con imágenes que difícilmente se consiguen en ningún otro sitio.









